La metamorfosis negativa del croata hace que se tenga que reivindicar para volver a desplegar la magia que tenía antes y que la sigue teniendo.

An die Freude o Oda a la Alegría ,en español, es una de las composiciones más famosas del "Sordo de Bonn", de un Beethoven que en su novena y última sinfonía hizo una de las maravillas de la música clásica. Tal es la magnitud de esta oda, genero lírico griego, que actualmente es el Himno Europeo.

Su legado ha influido de forma decisiva en la evolución posterior del arte, uno de ellos, el Fútbol. Cierto es que no llegó a componer la décima sinfonía, aunque, para ello, se han encargado todos los jugadores que portan el 10 a la espalda, los que llevan esa magia de la Oda al balón, los violinistas en el terreno de juego, los que lo hechizan como sus sonatas al público del siglo XVIII.

En el Sevilla actualmente Ivan Rakitic porta el número 10 en la elástica rojiblanca. Un número diez que lo han llevado leyendas como Jose Antonio Reyes, el mago de Utrera, Luis Fabiano, el centinela brasileño, y Ever Banega, el metrónomo argentino.
Centrándonos en el presente, la figura de Ivan Rakitic en el juego del Sevilla es nula y poco determinante a diferencia de su llegada a la capital andaluza en 2011 cuando nos deleitaba con pases que nadie veía, con movimientos que nadie predecía y con goles que hacían saltar del asiento a todos los aficionados. Y lo que todos sabemos es que el Tiempo, debilita, pero los que son buenos y magos de nacimiento mantienen esa chispa en sus botas hasta que cuelgan estas mismas.

Cierto es que el mediocampista croata vivía en el Hedonismo cuando llego por primera vez al Sevilla puesto que jugaba en su posición natural, la de mediapunta y ahora con el cambio de sistema de Julen Lopetegui tiene que retrasarse hasta el mediocentro o incluso el pivote para ayudar al equipo en la salida y conducción del balón.
Dentro de sus pases monótonos, horizontales, hacía atrás, de cara, hacía el portero lleva el dicho de dormir a las ovejas y aburrir a las cabras. Aquella esencia de joven jugador que se la jugaba con pases quebradores de líneas y al espacio sigue dentro de él y tiene que salir lo más rápido posible, porque la magia la tiene, y aunque la edad pese, ahí sigue.

Rakitic tan solo se tiene que ceñir al efecto proustiano, a lo que el llamó "La magdalena de Proust". Según el novelista francés la percepción evoca un recuerdo o reminiscencia. Ello puede ser un objeto, gesto, imagen u otro elemento del día a día que transporta a la persona a un recuerdo que creía olvidado. El nombre proviene del recuerdo que le provoca el sabor de una magdalena recién hecha mojada en té al protagonista de Du côté de chez Swann. Ahora esa magdalena se puede convertir en un balón y ser rodado por todos los campos de España y Europa recordando lo que era y lo que puede ser Ivan Rakitic.
De esta temporada tan solo quedan 7 partidos más, poco tiempo para demostrar su calidad. No en vano, ya ha tenido demasiados meses para acoplarse al juego del equipo y empezar a bailar como lo hacía también en el FC Barcelona. Muchos peregrinos de la parroquia sevillista se lo echan en cara, y es normal. Vino como sustituto de Ever Banega y para nada, de momento, se parece a él. Han pasado más de 6 meses y pocos pases mágicos, regates mágicos y movimientos mágicos hemos visto de él. Parece que la Flauta mágica, a la que Mozart se encomendaba se hace esperar y se le acaba la paciencia.