Desde hace un tiempo se viene observando una deriva en parte de la afición del Sevilla que, amparados en una cierta exigencia, que según ellos es uno de los grandes culpables de los triunfos de este club en los últimos años, ponen en entredicho cada paso que da el club o incluso cada resultado sea positivo o negativo que se consigue. Una exigencia apoyada según ellos en una crítica cuanto menos excesiva.

Una exigencia que muchas veces viene amparada del “ya yo tenía razón”. Y es que muchos prefieren llevar la razón a pesar de que eso conlleve que el club no consiga buenos resultados “a morderse la lengua” y ver que lo que pensaban no es cierto y que se han equivocado. Una exigencia volcada en los últimos tiempos desde las redes sociales y haciéndose valer del teclado para soltar toda la ira contra aquello del club con lo que no simpatizan.

Cosa así paso con Julen Lopetegui. Un entrenador que, para que mentir, no nos gustó a casi ninguno cuando fue nombrado técnico, pero con su buen hacer ha construido un Sevilla campeón y aun así queda en entredicho por pinchar en dos partidos. Y sí, diréis que en uno fue de manera estrepitosa, pero es con el objetivo ya conseguido y la enfermería sevillista repleta se apremia a dar descanso a aquellos jugadores que más minutos acumulan. Pero claro vuelve a quedar claro que es más importante el “ya yo lo dije” que la mirada objetiva y el bien de la plantilla.

Y es que somos una afición especial y curiosa. Aquí o caes de pie o tienes el “San Benito” colgado hagas el papel que hagas. Podríamos fijarnos en mil ejemplos para esto último, pero usaremos a dos de la actual plantilla como son Suso y En-Nesyri. El gaditano es de esos jugadores que como “no corre como pollo sin cabeza” no gusta en la grada sevillista, pero que cuando no está sobre el verde es cuando más queda patente su importancia; y en el caso del marroquí ya puede meter 30 goles que siempre se dirá de él que corre raro.

En definitiva, de un tiempo para acá corren nuevos aires sobre la afición sevillista, pero yo me pregunto ¿Dónde está la línea entre la exigencia y la demencia?